|
|
|
Informe especial científico publicado en el diario argentino La Voz del Interior, el 28 de febrero de 1999.
Meteoritos: ¿peligro para la Tierra?
La roca espacial había llegado al Sistema Solar a una velocidad extraordonaria. Luego, se dirigió exactamente hacia el planeta Tierra, y nunca detuvo su recorrido.
El 30 de junio de 1908 entró en el cielo de Siberia y se encaminó directamente hacia la zona de Tunguska. Pero no tocó suelo porque la atmósfera calentó altamente su núcleo y la hizo explotar a seis kilómetros de altura. Aun así, la detonación del objeto de 91 metros de diámetro arrasó con más de 2000 Km² del bosque que se encontraba inmediatamente abajo. Afortunadamente, era una región casi despoblada, y nadie murió .
La onda de presión provocada por el suceso recorrió dos veces el globo terráqueo, y en el lugar, la noche se hizo día. La nube de polvo desatada se elevó hasta 70 km, siete veces más alto que los lugares del cielo por donde transitan algunos aviones de pasajeros. Además, se originó una onda sísmica que llegó hasta el pueblo de San Petersburgo, a 4000 Km de distancia, la misma que hay entre las ciudades de Córdoba en Argentina, y Cali en Colombia.
La fuerza y energía liberadas en aquella oportunidad equivalieron a 1000 bombas atómicas como la que explotaría varios años después en Hiroshima (Japón), en 1945, durante la 2º guerra mundial.
Impactos futuros
Toda piedra del espacio mayor a un kilómetro de diámetro que orbite -gire- alrededor del Sol, como lo hacen todos los planetas por la fuerza gravitatoria que éste ejerce sobre ellos, lleva el nombre de asteroide o planetoide (planeta menor). Aquellas que sean más chicas serán nombradas meteoroides. Los primeros son capaces de provocar hecatombes a nivel global, y los últimos a escala local. Cualquiera de ellos que alcance la superficie terrestre es denominado meteorito.
La mayor concentración de asteroides se ubica entre las órbitas de los planetas Marte y Júpiter, en lo que se llama cinturón principal. Los astrónomos calculan que allí habría aproximadamente 50 mil de esos objetos, aunque aún no se han descubierto más de 6 mil.
Si bien es probable, es muy difícil que un habitante del cinturón se desvié de su órbita, por el paso cercano de un cometa por ejemplo, y se encamine hacia aquí. Lo más seguro es que si una roca espacial tiene la chance de colisionar con nosotros, provendrá seguramente de un lugar del Sistema Solar mucho más próximo.
Concretamente, existen tres grupos de asteroides cercanos a la Tierra: los Amor (que cruzan la órbita de Marte), los Apolo (los más peligrosos, por su inmediatez espacial), y los Atenea (que se aproximan a Venus). De todos ellos han sido catalogados hasta ahora sólo unos 200, de una cantidad de 2 mil en supuesta existencia. La NASA se propuso a comienzos de 1998 detectar para el año 2010 al menos el 90% de ese gran número de peligrosas bestias rocosas.
Para ese cometido se han puesto en marcha tres programas especializados de búsqueda: Spacewatch, NEAT y LONEOS.
Spacewatch (Vigilante Espacial, en castellano) se desarrolla en la Universidad de Arizona -EE.UU.- y es liderado por Tom Gehrels. Es el grupo científico que más objetos cercanos ha descubierto.
NEAT (Near Earth Asteroid Tracking: Seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra) pertenece al Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA y al Comando Espacial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Es un programa encabezado por Eleanor Helin. Se lleva a cabo en la isla Hawai, del océano Pacífico.
LONEOS (Lowell Observatory Near Earth Objets Survey: Inspección de Objetos Cercanos a la Tierra del Ob-servatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona -EE.UU.-) es dirigido por Ted Bowell.
Ninguno de los 200 asteroides avistados hasta hoy tiene curso de colisión con nuestro planeta. No obstante, David Morrison, astrónomo de la NASA y pionero en el estudio de estos cuerpos celestes, dice en la página oficial del organismo: “El problema es que ese número de planetoides constituye sólo el 10% de los que creemos pululan en los alrededores terrestres. El otro 90% son los que aún no hemos atrapado con nuestros equipos de rastreo. Entonces, no estamos en condiciones de predecir el futuro impacto de uno de los tantos objetos que no conocemos”.
Además, alrededor de un millón de meteoroides mayores de 50 metros rodean a la Tierra. Escalofriante.
Detener rocas espaciales
Eric Aspaugh, astrónomo de la Universidad de California, produjo un interesante estudio sobre asteroides. Se trató de simulaciones en computadoras para comprobar la resistencia de tales cuerpos frente a impactos con pares de menor tamaño.
El resultado fue sorprendente. El daño causado era mínimo. Se dedujo que ello ocurre por la estructura que caracteriza a las enormes rocas.
De acuerdo a lo que se conoce en la actualidad, los asteroides no son objetos sólidos. Cada uno de ellos sería una especie de grupo compactado de escombros. Esa es la forma que tomaron al recibir subsecuentes choques durante sus milenarias vidas. De manera que cuando reciben un golpe, uno o más de sus escombros absorbería las ondas de choque y evitaría que la masa total se vea afectada en gran medida. Es como golpear un saco de arena: movemos algunas piedritas, pero el conjunto no se altera.
De este modo, Aspaugh dedujo que las bombas nucleares no dañarían severamente a un posible candidato a noquearnos.
La otra alternativa tecnológica para destruir rocas cósmicas podría ser un arma que la NASA no ha reconocido como propia. Se trata del sistema bélico Guerra de las Galaxias, que se construyó en los Estados Unidos durante el gobierno de Ronald Reagan. El aparato, puesto en órbita alrededor de la Tierra, le hubiera servido a ese país para acabar con misiles enemigos, principalmente rusos. Consistía en láseres de alta potencia. Al respecto, el divulgador científico cordobés Fernando Suárez Boedo, afirma para esta nota: “Si bien la NASA no lo ha oficializado, se sabe que el ejército norteamericano le cedió a ella ese aparatejo, y ahora éste ya no apunta hacia abajo, hacia la superficie terráquea, sino hacia arriba, al espacio. Con él se podrán hacer disparos a cualquier objeto que sea una amenaza a nuestra supervivencia”.
Ahora bien: aunque ese sistema de defensa esté en manos de la NASA, todavía no se conoce su efectividad, porque nunca ha sido utilizado.
Lotería
Al menos hasta que seamos capaces de saber exactamente cuándo sucederá el próximo impacto, y hasta que creemos la forma segura y clara de sortearlo, estaremos librados al azar de la naturaleza espacial.
Lo único que nos protege hoy son las estadísticas: sólo cada 100 mil años interceptamos un asteroide, y cada 300 años un meteoroide como el de Tunguska. Si nos adecuamos a esas reglas, tenemos 2 siglos más para inventar un truco perfecto de rechazo a cualquier invitado no deseado.
Morir como dinosaurios
Si el ser humano camina hoy por la faz de la Tierra es gracias a un hecho cósmico.
Según la Teoría que más pruebas aportó al respecto, la extinción de los dinosaurios producida hace 65 millones de años, fue causada por el choque de un asteroide de 10 Km de diámetro contra la península de Yucatán, en el actual territorio mexicano.
El suceso provocó que se liberaran a la atmósfera inmensas cantidades de polvo. Aquellas partículas no permitieron la entrada de los rayos del Sol durante algunos años. La vegetación murió y los grandes saurios herbívoros -vegetarianos- se quedaron sin comida. Los carnívoros se comieron los cuerpos de esos compañeros hasta que no quedó ninguno, y también murieron.
El poder de esas enormes criaturas era tal, que los mamíferos de aquel entonces, jamás habrían logrado desarrollarse como especie, y evolucionar hasta nosotros.
Según los paleontólogos, de no ser por aquel suceso tan extraordinario, las gotas de lluvia de esta era terrestre mojarían al Dinoseroide, el ser que habría evolucionado de los Dinosaurios. Tendría facciones corporales como las nuestras, combinadas con las de los reptiles: una lagartija que caminaría erguida y que seguramente poseería nuestra misma inteligencia.
Atmósfera: escudo y vida
Gracias a esta masa gaseosa de 2000 Km de altura podemos retener el calor que nos envía el Sol, y no morir congelados en los 273 grados centígrados bajo cero que caracterizan al espacio exterior. También evitamos sufrir las radiaciones de esa estrella. Conseguimos, además, obtener y mantener el aire del cual nos valemos para respirar.
Entre los 80 y los 90 Km de altitud se encuentra el llamado muro de meteoritos. Es una zona donde el aire es tan denso, que los pequeños objetos cósmicos que día a día nos atacan encuentran una barrera equivalente a un blindaje de acero de 130 centímetros de ancho. Al quemarse, producen un fenómeno conocido inexactamente como estrella fugaz; su título real es meteoro, o bólido en el caso de los más grandes, aquellos que se convierten en bolas de fuego de volumen considerable.
Por otra parte, si una roca ingresa en forma perpendicular nos afectará en mayor medida que si entra en un ángulo inclinado, porque recorrerá menos cantidad de la atmósfera.
La solución, en camino
Para construir un fuerte conjunto de conocimientos sobre rocas espaciales, nos urge estudiarlos cara a cara, y develar sus debilidades al momento de combatirlos.
En el transcurso de enero de 1999, una sonda espacial (nave sin tripulación) orbitó por primera vez un asteroide. Se trató del vehículo interplanetario NEAR (Near Earth Asteroid Rendezvous: Cita con Asteroide Cercano a la Tierra), propiedad de la NASA, que giró alrededor del planetoide Eros, perteneciente al Cinturón Principal y ubicado a 98 millones de kilómetros de la Tierra. La meta final es el suelo del objeto, y el viaje hasta allí le terminará demandando casi tres años a la sonda, tras haber partido en febrero de 1996. La misión está destinada a recoger datos de las propiedades internas y externas del cuerpo.
Una curiosidad extra para Argentina es que en el proyecto participa un compatriota: Mario Acuña, el único con un cargo fijo en la NASA. Es el líder del equipo que controla uno de los aparatos de NEAR: el Magnetómetro, un instrumento que medirá el campo magnético de Eros (o Asteroide 433).
A corto plazo se pondrán en carrera otros surcadores del espacio similares al anterior, entre los cuales algunos tendrán como destino final a ciertos cometas.
En lo que respecta a las pruebas de armamento de combate contra asteroides, el Departamento de Defensa del gobierno de Estados Unidos planea la expedición de nombre Clementine 2, que probará tecnología de guerra contra un objeto de ese tipo.
La solución, parece estar en camino.
|
|